Siempre me ha interesado lo que piensa la gente detrás de, muchas veces, un rostro amargado en un metro colapsado. Quizás por qué problemas esté pasando, qué le espera de regreso a casa, o simplemente son tan buenos actores que detrás de esas caras de nada se esconden las más lindas alegrías, como que conocieron al amor de su vida, los acaban de ascender en el trabajo, van a ser padres por primera vez, quién sabe qué cosa. Eso cuando ando en mis mejores días y hago el esfuerzo sobrehumano de subirme al metro, o bien, cuando ando muy atrasada.
Prefiero las micros, las que todos odian, a mi me relajan. Son el lugar ideal para pensar. Lo que más me gusta es que en el camino siempre se puede ver un detalle distinto; como un poco intervenido segundo piso de décadas atrás, alguna pareja jugando en un parque, alguien leyendo en medio de tanto salto, alguna discusión en un auto, etc. Lo mejor es la gente que comparte eso, somos como un grupo que en forma de “protesta” disfrutamos de este medio de transporte y de esos detalles. La cara de los pasajeros es distinta, se siente diferente.
Es martes y como siempre, tomé la famosa 302, me bajé un paradero antes de llegar a la Alameda y rápidamente tomé camino a la Universidad. Iba atrasada, como siempre. Casi corriendo. Pero esa especie de maratón, fue en vano, no había clases. Así que comencé a caminar rumbo al Santa Isabel del Barrio Universitario. “Santa Isabel, te conoce”. Cómo se les ocurre decir algo así, ni siquiera la gente se conoce tan bien a sí misma. Bueno, todo sea por vender.
Mientras pensaba en que Santa Isabel no conoce a nadie, me llamó la atención una joven que casi que a la velocidad de la luz pasó por mi lado mirando fijamente a la plaza. Iba muy seria, “cara de nada”. Apuesto a que anda en metro. No me pude resistir a mis instintos psicópatas, así que la seguí. Quizás soy demasiado copuchenta. Pero quería saber quién la esperaba, no hay pecado en eso. Sin embargo, no había nadie. Sólo se sentó en una de las pocas bancas que quedaba libre a esa hora, 3:30 pm.
Así como que no quiere la cosa, me senté a su lado. Ella estaba fumando. Le pedí fuego. Pasó un tipo gritando sobre la revolución. También cantaba. Algo parecido al metal. No se entendía mucho. Curiosamente ese fue el pie para iniciar una conversación con Javiera.
Estudiante de Nutrición y Dietética de la Universidad Andrés Bello, cuyos edificios estaban a pocas cuadras de aquella plaza. Javiera estaba esperando a Paula, amiga de carrera. No se preocupaba mucho por su ausencia, siempre llegaba atrasada, media hora como mínimo. Me parecía conocida esa historia. Pero Javiera no pierde la esperanza en que algún día su amiga cumpla con el horario. “Definitivamente hoy no es el día”, dice.
Parece una joven bastante tímida, cuesta que cuente sobre ella. No pareciera que fuese así. Tenía el pelo largo y castaño claro, ojos color miel. Mucho rosado. Llamaba la atención. Me pregunté por qué tanta inseguridad, recién la estaba conociendo y ya la sentía. Le pregunté si le gustaba leer. Y con razón, me respondió que últimamente; hace un año y medio, estaba leyendo libros de autoayuda. No era algo que les contara a todos. Sus amigas se reían cuando veían esos libros en su casa, la molestaban. “No las culpo, ellas no creen en eso. No lo necesitan”, dice Javiera en forma de defensa. “Pero yo sí, valoro mucho más las cosas desde entonces, y a mí misma”. Se los recomendó su hermana mayor, quien hace tres meses le dio a Javiera una razón más para querer la vida, una sobrina.
En eso, llegó su amiga, Fernanda. Casi corriendo. Con mucha energía abrazó a su hermanita, como le dice ella. Le pidió perdón reiteradamente, mientras le contaba los percances que tuvo en el camino. Rápidamente pude notar las diferencias de personalidad entre ambas, Fernanda era muy extrovertida. “Es una loca”, dice Javiera entre risas. Quizás eso hace que aumenten las inseguridades de Javiera, no lo sé. Me pregunto cómo será el resto de sus amigas. En medio de una charla sobre la carrera que estudiaban, "la Feña" se para rápidamente y dice: “Voy a comprar cigarros”. Corre en dirección al kiosco.
Cambiamos de tema. Algo más relacionado con lo mío. Pero a Javiera no le interesan mayormente los temas contingentes, no le gustaba hablar de política ni deportes. “Al final todos terminan peleando y soy muy pasiva para eso”, dice. Claro que igual, vota y tiene su opinión formada, pero se lo guarda para sí misma, como muchas cosas en su vida. “Prefiero ser reservada, me gusta ser así. Aparte que tampoco tengo tantos problemas. Soy muy relajada”, dice Javiera mientras sonríe.
Fernanda regresó y le dijo a “su hermanita” que se tenían que ir. Las estaba esperando la Isa, la Gaby y la Pía en el “Zanahoria”. Uno de los tantos bares del barrio. Javiera respondió: “¡A dónde! Apuesto que quieres ver a DJ Nauta. Pero vamos”. Fernanda le dijo que estaba pololeando y le era fiel a sus pololos. Ambas se rieron a carcajadas, se despidieron y partieron rumbo a ese bar que en realidad se llama “Rinskitin”.
La lección del día, y que siempre olvido: tengo que dejar de juzgar. Me imaginé que Javiera era la típica mina buena pal carrete y que juraba que todos andaban detrás de ella. Algo cortante y poco preocupada por los detalles. Nada que ver. Tímida, buena amiga y divertida.
Sonó mi celular. Alguien me estaba invitando a algún lugar por ahí cerca.
Me gustó mucho como relataste el proceso mental que te pasa al enfrentarte a la gente que no conoces, notable lo de Santa Isabel, cosas que usan para acercarse a la gente pero que es muy chanta en realidad.
ResponderEliminarA javiera la veo como una joven con la que me puedo identificar, siento que está en la misma parada que muchos otros que no se quieren involucrar mucho en lo que sucede pero creo que igual es válida su postura.